Este año decidí hacer algo que llevaba mucho tiempo queriendo probar, extender el verano unos meses más. La idea es tan simple que parece tonta, pasar el verano en el hemisferio norte y seguirlo en el hemisferio sur, pero ya que vamos a viajar miles de kilómetros, que no sea un verano torremolinesco, vamos a montarlo bien. Las playas tropicales son quizá un topicazo, probablemente habrá algún retrasado que diga que vista una vistas todas (así va el mundo), pero bueno, tras la paliza mortal que me pegué el año pasado subiendo el volcán Karisimbi ya estaba un poco harto de dejarme los huevos por ver un precioso paisaje, y además, el cuerpo me pedía tranquilidad. El Norte de Mozambique es un lugar perfecto para perderse (e incluso morirse si no se anda con ojo) en sus playas paradisíacas; la aritmética no falla, sol + fina arena + Indico + cocoteros + langostas y ostras – todo rastro de hijoputa viviente = plácida estancia. Ahhh, el “dolce fare niente”, rascarla muy a gusto sobre la fina arena y bajo la amorosa sombra de un cocotero mientras un pescador te abre las ostras y las langostas se hacen solas en el carbón, ningún cabrón estropeándote la vista del Índico, eso es vida! (como decía un gran amigo mío: “hay vidas mejores, pero no son vida”).
2000 km de viaje (en dos días) por carretera, desde Harare (Zimbabwe) hasta Pangane, llegamos y… el sueño se cumple. Antes de que nos dé tiempo a decir “aparta puta” llega un pescador a vendernos un atado de langostas vivas y coleantes (click en la foto) por 4 dólares. Desde luego que podríamos haberlas sacado por 2 (también podríamos haberle mallado a hostias y enterrar después el cadáver), pero ¿nos íbamos a tomar la molestia? El mar, templadito como el biberón de un recién nacido, nos invitó a un chapuzón. La verdad, no existen palabras para describir qué se siente allí, así que sólo os diré que cuando sólo llevábamos media hora en aquella playa, ya estaba pensando en dónde colocar mi choza de paja para quedarme allí para siempre.
Un día normal en el paraíso: Nos levantamos con el sol de la mañana y vamos al pueblo a comprar el desayuno, bollitos de arroz con leche de coco, dulces de cacahuete y de coco y bollos de pan (también con leche de coco!). Té y bollos frente al mar, un bañito luego para refrescarnos y comienza el duro trabajo de ir a dar un paseo por la isla. Si vemos a algún pescador le encargamos unas ostras, o pez aguja o cangrejos (quizá un mero...), sabemos que las langostas vienen a eso del mediodía así que no vale la pena encargar de más (un kilo al día es suficiente). Las horas más duras del sol las pasamos dormitando en la cabaña o charlando cómodamente a la sombra. Cuando el sol pega menos toca el segundo baño y después la comida,
Sin embargo tuvimos que lidiar con ciertas dificultades. Un día nos despertó el ruido de un camión, era una excursión: una excursión de “viajes de aventura” de catalanes. La verdad, poca aventura veía yo en el hatajo de viejos podres y de vacas pardas que estaban montando un pic-nic en la playa como si estuviesen en Canet de mar, sólo faltaba la paella (el vino, la ensalada y la escalivada estaban servidas, hasta tenían a un chuloplaya con gafas de sol y fardahuevos que iba de un lado a otro con el pecho palomo al viento). Todos acampados frente a nuestra cabaña, jodiendo el paisaje. Cuando hablamos con el guía de la excursión nos contó que hacían una al mes, desde Lusaka a Dar es Salaam, haciendo el trayecto Mocimboa – Dar es Salaam en avioneta.
La verdad, esto de los “viajes de aventura” es una mierda, las únicas emociones que encontrarás serán las diarreas en el váter y las medusas en el mar (ambas las puedes conseguir fácilemnte en España), lo demás está programado,
Los días de Pangane sólo puedo describirlos como la más plácida de las existencias, no sabía lo que era la tranquilidad hasta que la viví allí y sólo lamento no haberme quedado en sus cálidas arenas para el resto de mi vida, gozando de sus infinitos placeres y de la paz más absoluta, pero el viaje tenía que continuar hacia otro paraíso: Illa de Mozambique. Además, se acercó una tormenta del carajo y tuvimos que salir por patas...
6 comentarios:
¡Genial! Espero ansioso la continuación.
el epilogo de esto es que puede que los paraisos (y hasta el Eden) se encuentren en nuestra cabeza, pero que conyo, unos buenos cocoteros, unas langostas asaditas al punto, sol y playa tropicales y, mas importante aun, la ausencia de molestos intrusos ayuda a que nuestra idea de paraiso se traduzca en un estado de animo correspondiente.
Infelizmente, aun no estamos los suficientemente evolucionados para seguir manteniendo ese estado de animo cuando la playa y los cocoteros se acaban.
Huy, el paraiso seria tener la cabeza entre dos melones que yo me sé, a ver qué supera eso!
good points and the details are more precise than elsewhere, thanks.
- Norman
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