16 mar. 2008

Oda a la Heterosexualidad

“... En Sukkur, un pueblo de la India con mas moscas que polvo y más hambre que moscas, ahíto de aprender astrología y de escribir los versos más osados, una tarde con esencias de verdugo, deserté del regimiento capón donde servía, y busqué en un burdel azucarado el valor medicinal de mi colgajo... Llegué a una zona humilde y recelosa, y pedí donde envidar mi desespero: me miraron, se miraron, se encogieron de hombros y mutismo... Husmeé el paupérrimo relax de una zona importante, y con doblada educación pedí lo mismo: me miraron, se miraron, y mostraron su temor al extranjero... Deambulé la ciudad y no hubo nada; ofrecí aspros, especias, alimentos... no hubo forma de lograr la mancebía. Rompidas las soletas y hecho un rictus de lujuria pesimista, un indio jerigonzo me indicó que era tanto el calor de aquella tierra, y tan escasa el agua y la sombría, que por miedo a quedar deshidratados en pleno maneíto, empreñaban los hombres sus mujeres por gestos que les hacen. Sin guarnición de bálano ni vulva. Tan sólo con las manos y el deseo. Y me dijo, con voz de mojarrilla, que conocía a una hembra licenciosa, que de puro vicio y mala formación, dejaba que le hiciese cualque hombre los gestos que pluguiere. Asombrado del mundo y de mi mala estrella, le pedí me llevara hasta tal hembra que gustaba del placer gesticulado... Caminamos diez minutos de silencio, y al doblar la calleja solitaria, su junquillo señaló mis apetencias, reclamó su barato con despejo y me dijo que entrara en un chamizo que entre moscas y calor se abochornaba... Crucé el umbral dudando el beneficio, y tropecé con la tristeza de una vieja que rezumando landres y amargura, zurcía un caniquí de mala gana. La indolencia cabizbaja de la anciana me preguntó con los ojos qué quería. Yo me sentí burlado por el pícaro hindú que prometió placer, y resumido el chasco, los ardores y el ameno costumbrismo de mi patria, le dije por señas que una higa. La vieja sonrió con un amago de malicia informe y dio una voz muy rara. De repente se mudó toda la escena. La lentitud y el sensualismo insatisfecho se borraron de la trama de mi historia. Lo que vino después fue un astracán de peligro y posesión insospechados. Tras de una cortinilla engalanada, apareció desnudo, caballuno el trinquete y el semblante, un gran mariconazo calpamulo. Guiñándome un ojito me dijo que pasara. Yo busqué la salida reculando. Lo juzgó timidez el rey de bastos y vino a socorrerme... De un salto llegué junto a la mesa, así un cuchillo lezne y le ordené marcharse. Me lo entendió perversión el grande puto y, muy profesional, se vino a darme gusto... Le arrojé el cuchillo, le arrojé un perol con los restos del guisado, una silla de fieltro, los trapos de la vieja, a la propia vieja, que no entendió mi miedo y le dio por bramar en lenguas muertas. Con la fiera detrás colialterada, principió un zigzagueo de cacharro, reliquias religiosas y blasfemias; gritándome la vieja perrerías; gritando yo al maricón que me dejara... Se eternizó una carrera de esguince y oxe puto, con tres partes muy bien delimitadas: me llamaba con mimos de fileno la bestia de dos metros, me acosaba con silbos amorosos su cosa de dos palmos, derribaba a sus pies una almaruelo y esquivaba de un bote la celada... Cansado de burlar sus brazos y avivar su fuego, y viendo lo dudoso del laurel, sin cura de un mal vidrio embadurnado, atravesé la ventana y sus esquirlas huyendo de la casa de mi ruina... Fui a para sobre un gato amodorrado que me dijo, una neuma de agudos y de garras, qué cosa le enojaba. Sangrando y espantado, tropecé con el guía malnacido. Con gestos de dolerse de mi estado, quiso saber las señas que le hice al vejestorio. Repetí fuera de mí el corte de mangas, y disoe con la mano en la cabeza. Queriendo no reír, me explicó que aquello, y Dios confunda a quien inventó un modo tan ruin de aparearse, no era si no pedir me gozase un bujarrón, y que aquel golías persistente lo único que hizo fue estar por la tarea... Le tomé del brazo, lo llevé hasta un rinconcillo maloliente, y por gestos de mis manos y mis pieses, le expliqué a aquel paparra de la India qué cosa es, en el español elegante de Nebrija, que te dejen la cara como un ecce-homo...”